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En la ciudad en la que vivo corrió ayer el bulo de un secuestro. Hubo un gran despliegue policial mientras se hacían las comprobaciones y estas comprobaciones arrojaron que era la invención de un pequeño niño de un colegio.

Lo malo es que el bulo se difundió por todos los lugares rápidamente y que es más difícil desmentirlo que crearlo. Muchos no creen el desmentido, pese a que nadie ha echado de menos a ninguno de sus hijos y que la policía comprobó uno por uno la situación de los alumnos de ese colegio.

Pero lo peor de todo es que la ciudad en la que vivo es una ciudad fragmentada como hay pocas en España. Rápidamente una parte ha culpado a la otra y la culpada ha hecho lo propio con sus acusadores. No importa que sea real o no, porque siempre habrá gente que diga que tarde o temprano pasará y que una parte de la población, en su conjunto, es responsable de algo que ni ha sucedido, porque ellos consideran que su concurrencia es un futuro necesario.

Un paso más al colapso social se ha dado. Cualquier día, uno de estos bulos tan extendidos como no comprobados, hacer estallar unos odios vivos pero reprimidos y vemos que el enfrentamiento pasa del desprecio verbal al físico, de la separación invisible al terreno de las acciones determinantes y, entonces, todos se sorprenderán, todos dirán que se ha roto una cohesión social o una convivencia que sólo existen en la propaganda oficial.

Vendrán periodistas, sesudos investigadores y opinadores a estudiarnos, mientras se deja que esta ciudad se corrompa con la desidia, la dejadez, los silencios de connivencias en el caldo de los cuantiosos fondos públicos que llegan y que permiten a una parte tener un nivel de vida absolutamente desproporcionado, cuando más de un tercio de la población local está bajo el umbral de la pobreza.

La fortaleza de las instituciones se demuestra cuando éstas demuestran que son capaces de sobrevivir a las personas. La permanencia de las instituciones sobre el paso de las personas es su razón de ser. El termómetro sobre el buen funcionamiento de las instituciones de un país es su integridad cuando cambia de titular.

El caso de Rusia, en el que un nuevo Presidente ha tomado posesión pero sabiendo todos que el verdadero mandatario será su Primer Ministro y ex Presidente, pone a las claras que las instituciones rusas aún no se han dejado de ser una cobertura administrativa para un poder de carácter personal.

Putin se hizo con la Presidencia forzando la dimisión de Yeltsin y ahora coloca a un hombre de paja, Medvedev, para continuar mandando. No importa que la Constitución establezca los poderes del Presidente, porque la verdadera constitución, las de las auténticas relaciones de poder, indica que el poder en la Federación Rusa sigue teniendo un carácter personal o carismático (en palabras de Weber) insoslayable. La ley suprema, y con ella las demás,

La inexistencia de partidos políticos organizados, con la excepción del muy mermado Partido Comunista, permite a los hombres fuertes dentro de los aparatos militares, industriales y políticos, decidir libremente los designios del país, haciendo de las elecciones un mero trámite gracias a un impresionante aparato de propaganda y de represión. Los partidos tienen muchos problemas, pero proporcionan una estructura opositora constante y que da una referencia social para quienes no están de acuerdo con el gobierno.

Si podemos decir que una característica de la Democracia es que es el gobierno de las leyes y no de los hombres, en Rusia no hay un gobierno democrático, porque la ley es la expresión de la voluntad de Putin, y así como las instituciones que han quedado como simple amparo del poder de un hombre y de quienes él protege y se protegen en él.

Ignacio Urquizu ha escrito en “Debate Callejero” una reflexión sobre la relación entre juventud y experiencia política en vista al nuevo gobierno. Lo primero que querría decir es que este gobierno es el de mayor media de edad de toda la democracia y eso que tiene a la ministra más joven en el nuevo Ministerio de Igualdad.

Urquizu mantiene una tesis que es tan cierta como su contraria. En síntesis mantiene que ser joven no quiere decir ser incapaz para ser ministro o para ejercer una responsabilidad, pero el argumento es reversible: la juventud tampoco es garantía de hacerlo bien.

Sí creo que Urquizu tiene razón en decir que muchas veces eso que llamamos “experiencia política” no es más que habilidad para mantenerse con los que ganan dentro de un partido, pasando los años y sin más méritos que estar en el sitio oportuno con la compañía oportuna. Siendo esto verdadero no sé si hay mucha más posibilidad de adquirir experiencia política si no se está en el poder, tanto dentro del partido como fuera de él.

Esto nos lleva, nuevamente de acuerdo con Urquizu, en que la experiencia política no se evalúa. Una persona tiene experiencia por haber tenido cargos, pero no si su gestión ha sido buena o mala.

El problema es que una gestión ha sido buena si el jefe la ha considerado como tal, independientemente de cualquier evaluación externa o de datos objetivos. Por la simple decisión del jefe una persona puede hacerse un curriculum y adquirir una gran experiencia política siendo un verdadero inepto. Me llama la atención de que haya gente que reclame la existencia de listas abiertas en las elecciones y no pida que se anuncie antes de celebrarse las elecciones a quienes se va a poner en cada puesto.

En España, especialmente para la Presidencia del Gobierno, se ha desatado la euforia por la juventud desde que comenzó nuestra andadura democrática. Adolfo Suárez, Aznar y Zapatero accedieron a la Presidencia con cuarenta y tres años, Felipe González lo hizo con cuarenta y la única excepción fue Calvo-Sotelo, con cincuenta y tres, pero que ha sido el único Presidente que no ganó las elecciones como paso previo a La Moncloa.

El problema es que o se asciende demasiado rápido o se es demasiado joven siempre (no hay modelo de militancia definido). Hay personas que suben meteóricamente, como Soraya Sáenz o Bibiana Aido, y otras muchas que se quedan en esperar hasta que son ya mayores como para empezar en un puesto mínimo. Los cuadros medios, y menos medios, están prácticamente monopolizados por la generación de los sesenta, la de los setenta ha sido saltada prácticamente y la esperanza se sitúa en la generación de los ochenta.

Junto a Presidentes con carreras cortas y jubilaciones nocivamente tempranas, tenemos a personas que se enrocan en puestos y que cambian de uno a otro independientemente de su capacitación (algunos valen para todo). En nivel autonómico y local está lleno de dinosaurios en todos los puestos de los principales partidos que no hay forma humana de remover pese a sobradas pruebas de su ineficiencia.

Yo más que experiencia política pediría experiencia personal y profesional para acceder a la política. No quiero decir que solamente debieran seleccionarse a JASP, sino que cada cual debe mostrar capacidad en a profesión que haya elegido y que haya ejercido.

Los relevos generaciones sólo se están produciendo en condiciones traumáticas y a veces son necesarios hasta dos desastres electorales para que “corra turno”. En vez de establecerse un normal recambio de efectivos o éste se produce en medio de la derrota o a través de fichajes estrellas que colocan a personas con poca trayectoria en puestos importantes y que no dejan de ser más que adornos.

Hoy, Raúl Pleguezuelos pone esta entrada en su blog: Algún día habrá que definir nuestra postura sobre la República. Como “nuestra postura” se refiere a la del PSOE y yo, hasta que no me digan otra cosa, soy miembro del PSOE, quiero desarrollar la idea que ya le comenté a Raúl en su blog.

Él se define como republicano por pura coherencia democrática. Puede que en lo personal su postura respecto a la República sea muy parecida a la mía, pero igualmente considero que en la política las opiniones personales son sólo eso, y para transformarse en opciones políticas deben encajar con la situación política del país.

Si se hiciera una encuesta entre los militantes socialistas de base la inmensa mayoría de ellos se confesarían republicanos. Por el contrario los secretarios generales del PSOE que han sido Presidentes del Gobierno han mantenido unas esplendidas relaciones con la Monarquía, en apariencia mejores que las tuvo el único Presidente conservador. Las bases socialistas son republicanas y su partido ha mantenido a la Monarquía en su papel constitucional, sin que esas mismas bases se hayan quejado lo más mínimo.

La pregunta política, y no romántica, por la Monarquía creo que debe situarse en un plano meramente práctico. La Monarquía cumplió un papel fundamental en el establecimiento de la Democracia en España. Considero que sigue ejerciendo su papel de moderador y árbitro del funcionamiento de las instituciones y por tanto merece la pena proseguir con lo que ha demostrado su buena marcha antes de comenzar una nueva vía, por más que bastante españoles viéramos realizados uno de nuestros anhelos políticos.

No cabe duda de que Juan Carlos I ha cumplido su papel y por ello ha mantenido la Monarquía lo suficientemente firme durante más de treinta y dos años. El problema que tienen las monarquías es que están inevitablemente unidas a la persona que detenta la Corona, de forma que todo comenzará de nuevo cuando Felipe VI sea Rey. Entonces podremos volver a evaluar si la Monarquía no es útil o no, o si bien preferimos una República, que sin duda es una forma de gobierno más democrática.

Mientras todo esto ocurre, no veo porqué el PSOE debe dejar su indefinición o su contradicción: un partido con alma y militantes republicanos y con el que la Monarquía se siente en su sitio constitucional, ni más ni menos.

Cuando las cosas andan mal para un partido político todo lo que suceda en él va a ser negativo, cuando en el fondo representa algo esperado y deseado por propios y extraños. Desde muchos lugares se le ha pedido al PP que se desembarace de personajes de otros tiempos como Zaplana y Acebes.

Pero  cuando esto ha ocurrido, más que renovación en el PP, de lo que ha dado imagen es de descomposición. Alguno habrá pensado que hasta las ratas están saltando del barco.

El problema que tiene el PP no es pequeño. Actualmente se le plantean dos opciones: Rajoy y Aguirre. Rajoy es un perdedor y ha tenido la oportunidad de demostrarlo en dos elecciones seguidas, y lo seguirá siendo. El hecho de haber sido el sucesor de un Presidente que terminó su mandato en medio de un gran descrédito, que él ha alimentado en los últimos cuatro años, hace que su capital político se haya reducido tanto como para no representar ningún futuro ni ilusión entre sus filas.

La otra posibilidad es Aguirre, transuto político de Jiménez Losantos y de Pedro J. Aguirre heredó una mayoría absoluta de Gallardón que desperdició y sólo encontró remedio en ese turbio asunto del “Tamayazo”. Los resultados del PP en Madrid, tengo la impresión, no son tanto de Aguirre como del propio partido, por más que ella los quiera patrimonializar. Pero lo peor es que Aguirre no es querida dentro de su partido, poco valorada en el resto de España y excesivamente dependiente de poderes muy evidentes como para ejercer influencia indirecta.

El PP se encuentra en una difícil encrucijada: o Rajoy y su abono a su derrota, o Aguirre y su escoramiento a las tendencias más conservadoras dentro de la derecha española, por más que se disfrace de liberal. ¿Es posible no elegir a nadie durante dos años?

La sobrina del Cardenal Rouco ha hecho unas declaraciones a la revista “Interviú” y de camino ha enseñado sus pechos (o al revés). Los fragmentos de lo primero que he podido conocer me han parecido interesantes, lo segundo no.

A partir de su experiencia personal intenta desautorizar al Cardenal diciendo que para ser una persona que habla siempre de la importancia de la familia, poco se ha ocupado él de la suya. Tengo la impresión de que la sobrina del Cardenal, sin pretenderlo, ha puesto el dedo en la llaga: las relaciones de los miembros del clero y de las comunidades religiosas con sus familias.

La Iglesia Católica en España se ha esforzado por decir que la familia, tal y como ellos la entienden, es el pilar fundamental de la sociedad. Libres son de creerlo y de decirlo, pero si quieren imponer un sistema de familia, al menos sus jerarcas deberían ser consecuentes con lo que predican.

La mayoría de los seminarios y de los noviciados hacen que los jóvenes que se incorporan a ellos rompan con sus vínculos familiares y sociales. En virtud de unas creencias arrancan a jóvenes de sus familias y les limitan, si no les impiden, el contacto con sus padres y hermanos, los cuales son tratados como un peligro para la vocación del joven.

No comprendo cómo si la familia es el fundamento de la sociedad y una institución de origen divino, según la doctrina católica, porqué entonces los jóvenes miembros del clero católicos tienen que ser apartados sin piedad de sus familias.

Si algo nos proporcionan las familias a muchos es un amparo afectivo del que si te privan, pagarás bastante consecuencias. Decía Voltaire sobre una orden religiosa algo que es aplicable a todo el clero: “se juntan sin conocerse, viven sin quererse y mueren sin llorarse”.

Dentro del discurso de la “regeneración democrática” (amorfo, sin sistematicidad ni coherencia y que coincide más con intereses particular y puntuales que con convicciones) no han faltado quienes recuperaran la idea de Fraga de que el sistema electoral fuera mayoritario uninominal, es decir, un escaño por circunscripción llevándoselo en candidato más votado.

La adopción del sistema mayoritario solamente garantizaría, en mi opinión, una gran estabilidad a los gobiernos que nacieran de las elecciones, que tendrían prácticamente garantizada la mayoría absoluta. El sistema mayoritario, por definición, es contrario al proporcional, por lo que se sacrificaría la expresión de unidades políticas mayores a favor de otras menores. Pero el principal problema es que en elecciones muy competitivas puede darle una mayoría absoluta a quien tiene menos votos. Pongamos un ejemplo simple, pero ilustrativo.

Ver cuadro

Se puede comprobar como el Partido A con menos votos que el Partido B puede hacerse no con más escaños, sino con una diferencia escandalosa de cuatro a uno. El sistema mayoritario puede producir que el partido menos apoyado sea el que gobierne con una mayoría absoluta que solamente representaría a una minoría de votantes: ¿sería esto “regeneración democrática”?

Otros quieren perfilar el sistema mayoritario con la introducción de una segunda vuelta. La segunda vuelta consiste en que habrá unas nuevas elecciones entre los dos candidatos más votados, siempre que el ganador no consiga una cuota de votos (generalmente la mitad más uno de los votos válidos).

Este sistema, muy extendido en Francia, pero poco en otros países, incentiva la proliferación de candidaturas en la primera vuelta con la esperanza de pasar, y el voto de bloque o útil en la segunda vuelta. Teniendo en cuenta que una de las bestias negras de los regeneradores democráticos es el voto útil, llama poderosamente la atención que algunos de ellos reclamen un sistema (mayoritario a dos vueltas) que incentiva esta forma de elección.

El último elemento problemático del sistema mayoritario es la definición de las circunscripciones electorales. Nuestras actuales circunscripciones, las provincias (de cuyas diputaciones yo aborrezco) sólo presentaban la ventaja de que ya existían, aunque su elección también vino muy bien a la UCD. El diseño de un nuevo mapa electoral, creando circunscripciones y reformándolas cada elección para que tengan un población equilibrada es terreno abonado para que el gobierno de turno pueda caer en la tentación del “Gerrymandering”, es decir, modificar los distritos electorales para dividir los más adversos y diluir sus partes en zonas más propensas. Esto tampoco contribuiría mucho a la tan cacareada “regeneración democrática”.

Las palabras “regeneración democrática” son una de esas expresiones que ha acompañado el nacimiento y desarrollo de nuestra democracia. Una de las formaciones que se integraron en AP ya llevaba el bonito nombre de “Renovación Democrática” y eso que eran las primeras elecciones en casi cuarenta años.

La derecha ha explotado el tópico de que nuestra democracia no estaba al nivel de las democracias occidentales, porque era una joven democracia o simplemente porque los españoles somos tontos. Las exigencias o peticiones de regeneración democrática se acentuaron cuando el PSOE ganaba elecciones por mayoría absoluta, por lo que se puede intuir que realmente lo que era regeneración no era más que un eufemismo de “cambiemos el sistema para que González no vuelva a ser Presidente”.

Uno de los mecanismos de los que se ha hablado para esa “regeneración democrática” ha sido el de establecer las listas abiertas en nuestro sistema. Las listas abiertas se han presentado como la panacea, pero sin explicar demasiado ni en qué consiste ni en su escasa utilidad.

Se dice que las listas abiertas proporcionarían a los electores un mayor conocimiento de los candidatos y la posibilidad de votar a varios candidatos independientemente del partido al que pertenezcan. Esto que queda bonito sobre la teoría es irreal y las experiencias de listas abiertas en nuestro país nos dice que no es así.

Imaginemos una circunscripción como Sevilla, que elige a doce diputados. Cada candidatura presenta a doce candidatos y a tres suplentes, en total quince personas conforman una lista. Si históricamente han sido cuatro los partidos (PSOE, PP, IU y PA) que han logrado representación por Sevilla (UCD ya no existe), nos encontraríamos con la feliz idea de que los ciudadanos conocerían, además de las propuestas de cada partido, quiénes son los sesenta candidatos de las cuatro formaciones con más probabilidad de sacar representación.

No es que yo desconfíe de mis paisanos, pero por muy apasionado que se sea de la política creo que habrá pocas personas que lleguen a ese extremo, de forma que el objetivo de ese mecanismo de “regeneración” no se verá cumplido. Estamos hablando de una circunscripción mediana, como Sevilla, pero esto se volvería hilarante en Madrid donde se eligen treinta y cinco diputados, con suplentes sumados, que multiplicado por las formaciones actualmente existentes que han obtenido representación en las últimas elecciones no arrojaría la simpática cifra de al menos ciento cincuenta y dos candidatos susceptibles de ser conocidos.

Pero lo gracioso de este asunto de las listas abiertas es que ya existen en nuestro sistema electoral y pasan sin pena ni gloria. Las famosas listas abiertas es el método que se emplea para la elección de los senadores. La inmensa mayoría de nosotros votamos la candidatura del mismo partido que hemos votado para el Congreso.

A esta objeción habría quien dijera que la verdadera regeneración se daría si las elecciones se celebrasen en distritos uninominales y siendo elegido el que más votos saque, pero esto lo trataré en otra entrada.

Zapatero y Obama

Recuerdo las semanas antes de las Elecciones Generales. El PP llevaba la agenda y el gobierno de Zapatero llevaba hasta el extremo las pocas habilidades en comunicación política de los socialistas, que han caracterizado la pasada legislatura. Las encuestas mostraban una mayor cercanía entre el PP y el PSOE que, sin dar ninguna la victoria a los conservadores, hacía que muchos pensaran que se estaba perdiendo el pulso

Paralelamente Barack Obama, aspirante demócrata a la nominación como candidato a la Presidencia de los Estados Unidos, comenzaba su espectacular escalada que le ha puesto en cabeza del número de delegados electos y de voto popular en las primarias de su partido. Obama estaba invocando más a ideas y aspiraciones que a la batalla política ordinaria. La musicalización de un discurso de Obama, “Yes, we can”, corrió por la blogosfera de izquierda como una trompeta de llamada para la victoria el 9 de marzo.

Algunas veces se ha dicho o insinuado que Obama y Zapatero son candidatos paralelos, expresando cada cual lo mismo, uno en los Estados Unidos y otro en España. Es cierto que la llamada a la esperanza y a las virtudes cívicas es común a ambos políticos, pero hay algunas diferencias subrayables.

Tienen en común que ambos han encontrado el respaldo de una generación, joven y un poco menos joven, cansada del realismo político y que quiere algunos cambios sustantivos. Estos votantes quieren que su voto a opciones no conservadores no termine en políticas tibias. Ambos quieren encarnar una nueva forma de pensar y ejercer la política y ello ha hecho que tengan un respaldo significativo

Las diferencias más notables entre Zapatero y Obama es que Zapatero ya era Presidente y se presentaba a una reelección, mientras que Obama aún no ha conseguido siquiera la nominación del Partido Demócrata. Programáticamente Zapatero se encuentra más cercano de la levemente izquierdista Hillary Clinton que del centrista Obama. Zapatero funciona electoralmente en los feudos tradicionales del PSOE, mientras que muchas de las victorias de Obama se han dado en muchos estados en los que probablemente los republicanos ganen las elecciones de noviembre.

Los triunfos de Obama en enero y febrero animaron a los simpatizantes y votantes de la izquierda española, cubriendo una acción política que ni el PSOE ni el gobierno satisfacían. Luego llegó la victoria del PSOE el 9 de marzo, la reelección de Zapatero como Presidente del Gobierno y la descomposición de la oposición.

Austria y España

La terrible noticia del salvaje que tenía encerrada a su hija que la violaba y con la que tenía hijos frutos de las relaciones forzadas se ha convertido en la información estrella de los informativos de medio mundo. Es impactante y ya los medios se dedican tanto a seguir la investigación policial como a empezar a sacar partido al lado más morboso de esta información

Mucho se habla de cómo alguien ha podido mantener secuestrada a tantas personas, en su propia casa, durante tantísimo tiempo. Un secreto demasiado bien guardado. Se quiere hacer del respeto de la intimidad de los demás un vicio, como si el hecho de no fisgonear en la casa de los demás fuera la verdadera causa de que este animal hubiera hecho lo que ha hecho.

Después han venido los análisis sobre cómo en pocos años han aparecido dos casos similares en Austria y comenzamos a ver las más variadas teorías. Austria se ha convertido en el chivo expiatorio de su propio bienestar y en la línea de que es mejor ser pobre feliz que rico infeliz (como si los pobres no pudieran ser infelices y los ricos no pudieran ser felices), se ataca el desarrollo y la prosperidad de una sociedad, así como sus costumbres, para decir que son las responsables de estos desmanes.

El responsable es el que lo ha hecho y la culpabilización de un país y de una sociedad no es más que una venda a los ojos de nuestras propias vergüenzas. España, un país que mes a mes, ve como muchas mujeres van muriendo a manos de sus parejas, se cree mejor que Austria, porque no hayamos descubierto ningún caso de este tipo, pese a que todos los años tenemos una cifra escandalosa de mujeres asesinadas.

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